Aturdida como el agua que choca en los acantilados, la chica de la sonrisa perdida recorría sola la calle. No sabía como se llamaba, ni donde iba, ni siquiera de donde venía. Pasaba cerca de cada farola, rozándolas con la palma de la mano. Tenían una rugosidad extraña, no eran como árboles. Eran más frías, como si hubieran perdido el alma. Sin embargo, la niña sabía que eran especiales, pues de ellas salía la luz que guiaba su camino. No sabía el porqué, pero le gustaba seguir el camino que esas farolas le marcaban...
Y siguió andando, sin pararse a pensar donde estaba, sin darse cuenta de que a cada paso que daba la oscuridad invadía todos los recovecos de la fachada. Pero siguió andando, sola, sin nada dentro de ella que le hiciera cuestionar su marcha...
Y en su solitario camino encontró dos manchas que se acercaban a ella, lentamente, mientras ella hacía lo mismo sin inmutarse. Ya cuando estuvieron más cerca, la chica de la sonrisa perdida se dio cuenta de que no se acercaban a ella, sino a algo que había detrás de ella, pues pasaron de largo por su lado. Pero la chica no se giró para comprobar hacia quien o hacia que se acercaban esas manchas. No le importaba, como tampoco le importaban esas manchas. Aún así, la desafortunada chica se fijo en ellas cuando por su lado pasaron. Eran más grandes que el, y se movían avanzando dos manchas debajo de ellas, una cada vez, mientras la otra descansaba para volver a avanzar cuando la otra no podía más. Eran manchas definidas, pero a fin de cuentas, manchas. Sin sentido...
La chica miró hacia abajo. Pudo comprobar, sin sorpresa, que ella también se movía usando dos manchas definidas. Ni siquiera sabía como lo hacía, simplemente era capaz de pararlas, volver a arrancarlas, y ya en movimiento, poder cambiar su ritmo...
Pero no quería pararlas, le gustaba el movimiento. Sobretodo le gustaba mover sus manchas lo más rápido que pudiera. Así, descubrió que levantando las dos a la vez, podía separarse completamente del suelo, por unos segundos, escasos, pero esa libertad le encantaba. Dejaba de sentirse atada al suelo. Le gustaba la sensación del aire chocando en su rostro...
En ese instante empezó a recordar todo aquello que la había hecho sentir feliz aunque sea por un instante y sonrió por un momento para más tarde volver a perder su sonrisa cuando encontró aquellos fantasmas que asechan su vida...